El Ciego Tomás y la Barranquillera

Por Dominga Valdez

Aquellas manos temblorosas acariciaban con lisura el rostro de la joven mujer, sus sutiles olores femeninos devolvieron la sonrisa a don Tommy esa tarde calurosa de julio. 

Obviando el bullicio eterno de la ciudad de New York se fundieron en un beso largo y abrazos que respondieron tantas interrogantes de las ausencias que sumieron al hombre en la más cruel y devastadora depresión. 

Sobraron tantas palabras, al juntar sus cuerpos, tener visión para el esbelto hombre, no fue relevante para despertar aquél amor dormido en la mujer de unos 36 años de cabellera larga y bien cuidada.En lo adelante, ella se convirtió en su guía, sus ojos, su bastón para deambular como enamorados por tantas ciudades, que recorrían a pesar de la enorme diferencia de edad entre ambos.

El amor cuando se manifiesta revive muertos, así vivía el hombre triste hasta que Martha Ávila, retornó desde Colombia, a sus brazos.-No necesito la vista.

Dijo  con paz y alegríaCon la sola presencia de la dulce mujer, sus hermosos ojos verdes, tuvieron luz en la oscuridad.