La fuerza del catolicismo

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EL TIRO RAPIDO

Si alguien abrigaba alguna duda sobre la fuerza del catolicismo en nuestro país y el gran poder de convocatoria de la Iglesia Dominicana, tiene necesariamente que haber cambiado esa percepción errónea después de los eventos multitudinarios celebrados con motivo de la celebración de la festividad religiosa del Corpus Christi.

En la capital, la concentración en la amplia explanada del Faro a Colón reunió una impresionante muchedumbre de fieles en una ceremonia oficiada por el Arzobispo Metropolitano de Santo Domingo, monseñor Francisco Ozoria.  En su homilía, este exhortó al perdón, el amor y la sensibilización con la causa de los más pobres y sufrientes, de constante apelación en sus prédicas en consonancia con las directrices del Papa.

En Santiago, la grey católica colmó el estadio Cibao, stands y terreno de juego, para asistir a la celebración encabezada por el obispo metropolitano, monseñor Freddy de Jesús Bretón Martínez, quien dijo que la cantidad y fervor de los asistentes era la mejor demostración de rechazo  a  la  versión de que la iglesia se esté “desmoronando”.

Quienes han estado jugando a esa apuesta, basado en los hechos, por demás vergonzosos y condenables, que han cometido algunos religiosos y  la culpable complicidad de quienes los han silenciado, se olvidan de que la Iglesia como institución al fin humana y como tal imperfecta, no resulta ajena a este tipo de penosas situaciones provocadas por una ínfima minoría.

No deja de ser cierta y justificada la queja del obispo de Santiago de que esos casos, apenas unos cientos entre cientos de miles, son generalmente magnificados por los medios de comunicación, en tanto se pasa por alto y se mantiene al margen de la difusión pública la notable labor abnegada y que con frecuencia culmina en el martirologio,  que llevan a cabo dedicados sacerdotes y monjas en los más apartados rincones del mundo.

En América, Asia,  Oceanía, Africa y Europa está impresa la huella profunda de la Iglesia Católica, a través de decenas de miles de escuelas, centros tecnológicos, universidades, jardines de la infancia, leproserías, dispensarios, hospitales, orfanatos, casas de acogida para ancianos, minusválidos y enfermos crónicos, consultorios matrimoniales y muchas otras instituciones de carácter humanitario y servicio social.

Sin ir tan lejos, sirve de ejemplo y a la vista de todos,  la obra que realizan ministros de la Iglesia, monjas y activistas en barrios y comunidades del país, donde son referentes de merecido respeto y liderazgo por la labor pastoral y el trabajo de bien social que llevan a cabo, en tanto pueden contarse un dedos de las manos los que violan el sacrosanto juramento de su ministerio.

Pero la Iglesia es mucho más que la liturgia, su jerarquía y sus oficiantes. Son sus fieles, sus seguidores, sus creyentes.    Ellos son su fortaleza y la representación viva  y permanente de un lazo de fe tan sólido que gracias a ello ha podido sobrevivir por más de dos mil años a todo tipo de persecuciones, atropellos e inútiles intentos de hacerla desaparecer, y aún a los mismos errores a que los excesos del fanatismo la han llevado en ocasiones a lo largo de su historia milenaria.

La masiva presencia de fieles en ambas actividades, la de la Capital y la de Santiago, que recuerdan las multitudes reunidas con las visitas papales, son una palpable evidencia de la fortaleza de la Iglesia, del vínculo espiritual que une a sus seguidores  en el país, mayormente católico,  y a más de mil doscientos millones en todo el mundo.

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