La violencia crece

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Por más que las estadísticas puedan mostrar una disminución en los índices de delincuencia, la cruda realidad de los hechos de violencia que cada día nos traen los medios de comunicación, dan en cambio la impresión cada vez más preocupante de que aumenta en vez de decrecer.  Lo cierto es que nos estamos convirtiendo en una sociedad de seres cada vez más agresivos.  Una violencia que además cobra expresiones de feroz ensañamiento, horroriza y mantiene la sociedad en estado de permanente crispación y  temor.

 El relato de lo ocurrido en El Almirante donde por la simple discusión de un parqueo tres personas pierden la vida y dos lucen destinados a pasar en prisión el resto de las suyas, resalta en detalles estremecedores de ensañamiento que llega a alcanzar límites demenciales por parte de los matadores el raso policial Juan David Cuevas y su padre Simeón Cuevas.

Mario Rivadulla

 El primero no solo se limitó a dar muerte a balazos a la persona con quien entabló la discusión concluida de manera tan irreparablemente trágica, en lo que quizás un abogado defensor pudiera alegar como atenuante, un rapto momentáneo de locura. Pero ese posible  argumento queda descartado cuando  con instinto acusadamente criminal abatió a un joven estudiante, quien trabajaba en el taller de arreglo de vehículos para costearse sus estudios, cuando se asomó a la puerta de la vivienda atraído por los disparos. A continuación el agresor penetró en esta persiguiendo a la tercera víctima hasta darle muerte.

 El relato de horrores no termina ahí.  A continuación, su progenitor la emprendió a golpes de machete contra las personas caídas, una de ellas al menos,  todavía con vida, completando así la macabra tarea.  El ensañamiento evidencia un nivel de crueldad como elemento agravante de tal naturaleza,  que hace de todo punto imposible que por más recursos oratorios de que dispongan sus defensores ni artimañas jurídicas y vericuetos legales de que hagan uso puedan lograr una sentencia inferior al máximo establecido en el Código Procesal Penal.

 Al margen, este hecho pone de nuevo en evidencia la ausencia de una acción previsora por parte de las autoridades, en especial el cuerpo al que pertenecía el matador hasta ser dado de baja a consecuencia de este hecho, para zanjar un pleito que venía corriendo desde hacía años y que en más de una ocasión había sido denunciado, con lo que quizás hubiera podido evitarse esta dolorosa e irreparable tragedia.

 Pero no se trata de un caso aislado.  Es solo un botón de muestra de los tantos hechos de sangre que están teniendo lugar en el país y que no pueden ser atribuidos a la violencia criminal, sino que son consecuencia de una cada vez más evidente y peligrosa norma de conducta que va calando de manera progresiva en el comportamiento de una mayor cantidad de ciudadanos. 

Casos parecidos de violencia extrema y ejercida además con especial saña homicida están teniendo lugar con frecuencia más y más acusada.  Desde el amante, que por celos o despecho, estrangula a su pareja y luego la apuñala para estar seguro de que ha cumplido su macabra tarea; el padre que asesina a la madre de sus menores hijos, da muerte a estos y luego se quita la vida; el hijo que mata a su propio padre a machetazos o lo ahorca poniéndole una soga al cuello cuando este no accede a sus exigencias monetarias para satisfacer su adición al alcohol o las drogas;  o el militar que ensoberbecido, por el simple roce de su vehículo, la emprende a tiros con los ocupantes de otro, segando la vida de una promisoria joven de un balazo en la cabeza.

 El tema da para mucho.  Pero sobre todo mueve a profunda preocupación reflexionando hasta que profundidades de abismal irracionalidad podemos    llegar a caer si seguimos por este camino de violencia ciega y a flor de piel.

 

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