La piedra angular

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A comienzos de la década de los años setenta, todavía la composición poblacional del país era un cuarenta por ciento urbana y un sesenta rural. Con el transcurso de los años posteriores, esas proporciones fueron cambiando hasta llegar a invertirse.

El éxodo del campo hacia las principales ciudades, en especial la capital,  en procura de mejores niveles de vida y acceso a la sociedad de consumo, provocó en el caso de Santo Domingo, por carencia de un plan de ordenamiento territorial, el crecimiento desordenado de la capital.  De la noche a la mañana, fueron surgiendo barrios improvisados sin concierto, planificación ni servicios públicos esenciales, en muchos convertidos en verdaderos arrabales.

Es la herencia que al cabo de tanto años ha constituye la trastienda de la Capital Primada, que apenas logra disimular el boom de la industria de la construcción de los años más recientes que ha ido cubriendo parte de su espacio urbano de cada vez más empinados edificios de costosos apartamentos,  muy fuera de las posibilidades económicas de la gran mayoría de sus habitantes.

Es la compleja herencia de modernidad y atraso, de lujo y miseria, de relativo orden y caos que como compleja tarea de rescate tendrá que comenzar a emprender el Alcalde del Distrito Nacional, dentro del marco y a partir de la aplicación del Plan de Ordenamiento Territorial presentado ayer durante la firma del convenio suscrito entre el Mayor David Collado y el representante local del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Lorenzo Jiménez.

Presentado por Jesús D’Alessandro, Director del Plan Estratégico del Distrito Nacional,  el mismo tiene como propósito el abordaje de la movilidad urbana, la masificación del transporte, la preservación de los espacios públicos, las densidades poblaciones de cada una de las tres circunscripciones que lo integran, las plazas y parques, la desocupación de aceras y calles a fin de garantizar el tránsito vehicular y peatonal, entre otros  objetivos esenciales que permitan rescatar y convertir a Santo Domingo en una ciudad vivible, transitable y cívica, que sirva de ejemplo de buenas prácticas al resto de América Latina.

La tarea, no nos engañemos, será en extremo exigente y laboriosa. Demandará tiempo y recursos.  Y amplio apoyo del Gobierno Central, al margen de banderías partidarias como política superior de Estado. Requerirá enfrentar con firmeza la resistencia de torcidos intereses creados en la impunidad de varios lustros de tolerado e impune desorden.  Y,  sobre todo, respaldo ciudadano.

Hubo un tiempo, ya remoto, en que la Ciudad Primada era considerada la más limpia de América.  Devolverle su perdido lustre, convertirla en una urbe ordenada, limpia, saludable, segura y pujante, en armonía con la naturaleza y su invaluable patrimonio histórico para beneficio de todos los que habitamos en ella, tiene que ser también tarea de todos y no solo de la autoridad edilicia.

El Plan de Ordenamiento Territorial debe ser la piedra angular de esta necesaria y anhelada misión de rescate.

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