Raúl y la farsa de la sucesión

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Por Jesús Rojas

La historia del pueblo cubano de las últimas seis décadas se asemeja a las antiguas tragedia griegas clásicas. El final siempre apunta a un destino inexorable, trágico, a un callejón sin salida. Una plutocracia ideológica se apodera de un país y lo administra a voluntad, instaurando un sistema político dominado en lo absoluto por un monopartido con apellido de mayorales en una finca bananera.

En la víspera, la secuencia de sucesos y expectativas en la isla de José Martí superan con creces a una novela por encargo. Su guion oscila entre lo posible y lo siniestro, entre lo real y lo mágico, entre lo visible y lo invisible, entre el sueño y la nostalgia, entre el fantasma y la cruda realidad, entre lo previsible y lo imprevisible. Todo en una envoltura de realismo mágico tropical, y la intensa búsqueda del vellocino de oro: la utopía igualitaria, siempre inalcanzable, siempre trágica, siempre dolorosa.

En el primer capítulo, Fidel Castro cedió el poder en el 2006 a su hermano Raúl Castro, por el peso inexorable del tiempo. Las graderías, dentro y fuera, aplaudieron delirantes porque entendían que se abría un resquicio entre el inmovilismo jurásico de “con la revolución todo, sin la revolución nada”, para dar paso al canto de sirenas de “reformas y apertura más flexibles” pregonadas por los “raulistas”, tecnócratas-militares y los sueños chinos de enclaves económicos especiales como el puerto del Mariel.

En el segundo capítulo, Raúl Castro –a partir del 2014– anuncia que transferirá el poder –entiéndase, se quedará tras el trono un poco más, hasta el 2021, por si acaso–, para que sus herederos no se desvíen ni un milímetro de las pautas trazadas, mientras se aflojan o aprietan las tuercas en algunos aspectos de la economía centralizada que sólo sirve a la nomenclatura, se permite los viajes a los cubanos y se liberaliza la circulación del dólar, bajo el influjo de los vientos turísticos, el cuentapropismo, los dialogueros y el sueño de una noche de verano de la pasada administración Obama.

Y en el tercer capítulo, el aparente “delfín”, Miguel Díaz Canel, lleva sobre sus hombros la “honrosa” tarea de sacar del marasmo un régimen político fosilizado y un sistema económico en bancarrota, cuyo cordón umbilical –como en todas las revoluciones— se alimenta y depende de las riquezas ajenas extrapoladas a la isla, tal y como ocurrió durante los subsidios de la URSS. En la actualidad el situado amenaza con quebrar lo poco que queda del petróleo de Venezuela, la una vez rica en recursos naturales y humanos ahora saturada con 30-mil “asesores” cubanos a cambio de escasez, hambre y miles de venezolanos expatriados para apuntalar el régimen chavista.

Como afirmara el disidente cubano Guillermo Fariñas –con récord de 24 huelgas de hambre y apaleado mil veces– el sueño del cambio en Cuba no existe. El Partido Comunista de Cuba es y seguirá siendo el poder entronizado en la Constitución, la cual estipula que “es el órgano rector de la vida de los cubanos”, y no admite cambios que vayan en contra del sistema “socialista” en la isla, lo cual no puede ser modificado ni transformado para permitir oxígeno democrático o capitalista por encima de la incipiente sociedad civil, por lo que se impone la sociedad incivil.

Se va Raúl, pero queda su hijo, Alejandro Castro Espín, al frente del Grupo GAESA. El MININT sigue operativo, así como el Buró Político e Ideológico del PCC, dirigido por José Machado Ventura. De manera que el cambio en la isla es una quimera con un “presidente” con o sin apellido Castro. Mientras tanto, se reprime a la disidencia y los derechos civiles y humanos quedan a merced de los caprichos de los jefes de turno.

La economía continúa centralizada y en poder de una élite militar y una claque civil de la familia “monárquica.” El cubano de a pie sigue buscando emigrar para romper la pesadilla asfixiante del control absoluto, las limitaciones y las necesidades. No hay derecho a pensar y a decidir por sí mismos, como hombres libres; y los que no pueden, sueñan con recibir las “fulas” de Miami, y anhelan la idea fija de largarse alguna vez hacia la “yuma” para hacer realidad sus anhelos de progreso material.

Algunos afirman que la Cuba actual, bajo el régimen obsoleto de sueños y quimeras implantado a la fuerza por “Fifo” y sus herederos, se asemeja más a un carnaval trágico, donde las comparsas oran porque la timba no termine, a fin de que la sangre que circula por las venas siga dando la sensación de vida aunque todo lo demás sea un espejismo que comienza y termina en el Morro, en el Malecón de La Habana o incluso sobre una balsa en aguas del Estrecho de la Florida.

En el fondo, todos lo saben: cuando se habla de cambios, es sinónimo de farsa. Es más de lo mismo mientras sigan aferrados al poder quienes con diferentes caretas lo detentan desde hace ya seis décadas, en “sucesiones” donde el pueblo cubano no cuenta. Entre La guerra secreta de Fidel –del escritor Juan Benemelis—y La historia me absolverá, –de Fifo—el único legado de la llamada revolución cubana lo constituye la turba pro dictadura, intolerante, simuladora y represiva que mostró su verdadero rostro en el escenario de la VIII Cumbre de las Américas, en Lima, Perú. En tanto, el cubano en la isla pierde poco a poco el miedo al diablo cojuelo, camaleónico y con aires vitalicios…