OPINION: Lo de Leonel es la política: ¡hay que comprenderlo!

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Lo peor de la política es lo difícil que resulta desvincularse de ella. Es una adicción que involucra tanto al que la ejerce como al que la analiza desde la periferia, y en cualquier caso apasiona tanto que para unos y para otros la indiferencia termina siendo imposible.

Se han escrito miles de textos sobre este fenómeno que se remonta a la existencia misma del hombre; se han planteado teorías que superan cualquier razonamiento lógico y se ha hurgado hasta la saciedad en experiencias que hagan posible un entendimiento aunque sea aproximado del por qué tanta gente lo ha entregado y sacrificado todo por sus ideales.

Por supuesto, me refiero al ejercicio más puro y sano de la política, que no a la simple búsqueda del poder para saciar aspiraciones materiales o por el poder mismo como suele ocurrir con tanta frecuencia y que tantas tragedias ha provocado a lo largo de la historia.

En nuestro país hay bellos ejemplos de ese sacrificio, empezando por el que legó Duarte a la posteridad. Pero el desinterés del padre de la Patria no es el único ejemplo de desprendimiento material en el ejercicio político. ¿Acaso no es Juan Bosch otro referente de probidad, honestidad y desinterés?

La diferencia es que todavía Bosch forma parte de la controversia partidaria. Tanto, que las dos formaciones que creó –el PRD y el PLD–, constituyen  actualmente dos de las principales fuerzas políticas aliadas y comparten el gobierno, mientras la tercera –el PRM, también un desprendimiento perredeísta–, se encuentra en las antípodas electorales.

Ha habido, aunque en tránsito efímero, otros valores éticos y morales que han incursionado en la política partidaria, algunos de mucha trascendencia. Pero siempre la frustración ha sido el resultado. Uno de esos casos es el del doctor César Estrella Sadhalá, quien alguna vez asumiera la candidatura presidencial por una organización alternativa…

¿Puede alguien dudar que don César Estrella habría sido un excelente Presidente?

El caso de Leonel Fernández
El 26 de diciembre pasado, cuando Leonel Fernández cumplió 64 años, pensé mucho en el fenómeno que planteo más arriba: su primer período de gobierno le llegó entre los 42 y 46 años, siendo prácticamente un muchacho en un país acostumbrado a presidentes nonagenarios.

Pocos días antes de su cumpleaños, Leonel tuvo la gentileza de visitarme en mi casa durante mi breve retorno al país en ocasión del Día de Navidad. ¿Por qué abandonar esta tranquilidad Presidente, para regresar al tráfago presidencial?, le pregunté más o menos con esas palabras.

-Porque cuando uno llega a este nivel de la vida, don César, uno ni siquiera puede hacer ya lo que quisiera; hay otros factores que determinan esas cosas…

Comprendí perfectamente lo que me estaba diciendo el presidente Fernández, y ese día alcancé a ver por qué un hombre en coyunturas como estas se ve en la disyuntiva de responder casi instintivamente a intereses de terceros más que a su propia voluntad.

Pensé, por igual, si no le estará pasando lo mismo al presidente Danilo Medina; si también no lo “sufrió” Balaguer en sus 22 años de Presidente; si la resistencia a ese instinto no llevó a Guzmán a apretar el gatillo de su revólver; si no constituyó la desgracia de Salvador. El fin, el “Cisne Negro” de Tony Raful.

Y vuelvo a lo que dije
Es difícil, repito, romper con las ataduras políticas, hasta para un viejo escribidor enfermo en medio del clima gélido de Nueva York. Y para quienes han estado dentro o en la periferia de la actividad partidaria, hasta pensar en otras cosas les resulta difícil.

En el caso de Leonel, por ejemplo, en lo personal me habría gustado verlo al frente de un organismo internacional como la OEA, que se lo han ofrecido infinidad de veces, o dedicado por completo a la academia, a su ejemplar fundación Global, a la asesoría internacional.

¡Pero lo suyo es la política. Y hay que comprenderlo!