Corruptos a dos por peso

Juan M. Valdez Frías

Por Juan M. Valdez Frías

 No estoy del todo convencido en aceptar que en la República Dominicana hay corrupción gubernamental; no así tan simple, como suceden en otras partes del mundo, en la Republica Dominicana hay todo un sistema de corrupción bien orquestado, desde arriba: de donde nacen las ordenes, hasta lo más bajo, donde se compran las conciencias.

Podemos decir que hay corrupción gubernamental, en un país donde algunos funcionarios, por lo bajo, bien escondiditos, comenten sus fechorías. Pero en un país donde usted no reciba un servicio de una dependencia del gobierno sin que intervenga, a la clara, un vendedor de influencia, es una osadía llamarle, así de simple, corrupción gubernamental.

La manera más simple de comprender el compromiso de lealtad que tienen los gobiernos con su cuadrilla de secuaces, es que a pasar de las denuncias, las pruebas fehacientes del acto ilícito, la violación grasa de la ley, el sometimiento a la justicia de los violadores de la ley y los profanadores de la confianza del gobierno, es nulo.

No hay mejor ejemplo del poco compromiso que tiene la justicia dominicana con el cumplimiento de las leyes, que los enjuiciados del caso de Odebrecht. Era del conocimiento público del trato preferencial, de las salidas nocturnas de les eran concedidas a estos presos, al punto, que ninguno cumplió con el tiempo de reclusión impuesta, y dudo, con toda probabilidad de no quedar mal, que no serán enjuiciados.

¿Algunos de ustedes piensan, y cuidado con creerlo, por esto de no llamarlos ingenuos, que las órdenes de trato preferencial a los protegidos del sistema de corrupción, bajó por el ministro, o secretario, como se le llame al encargado del sistema carcelario del país o del guardia de palito que cuida la cárcel?  No señor, pensó mal: esa orden tuvo que venir de arriba, bien arriba y cuidado si no es sustentada por el señor presidente de la Republica. Porque ningún funcionario se tiraría esa maroma a no ser con la anuencia de quien lo puso en el puesto y a quien tiene que rendirle cuenta.

Las denuncias de corrupción, la evidencia clara del delito, quedan impugne en la Republica Dominicana, porque no hay, ni nunca habido un gobierno, mejor dicho, un presidente, verdaderamente comprometido con la transparencia de cómo deben hacerse las cosas en el gobierno, que no le sirva de escudo protector a los funcionarios que fallen, y que promueva un sistema de justicia comprometido en hacer cumplir las leyes.

El día que llegue al poder un presidente que no sea miembro activo del sistema de corrupción, que entienda que su envestidura presidencial lo desnuda del traje del partido que lo llevo al poder, que una simple denuncia de corrupción es meritoria de ser investigada, con determinación; ese día se comenzarán a forjar en el país los cimientos sólidos que nos llevarán hacia un desarrollo sostenible.     

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