Falsa izquierda, falsa conciencia y discriminación

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Falsa IzquierdaRecientemente, afirmaba Guillermo Moreno que “el Partido Alianza País encabeza una propuesta alternativa de cambio de rumbo” (Diario Libre, 29 de junio de 2015). Anteriormente, Fidelio Despradel había declarado que cree “que Alianza País va a jugar un papel importante en la construcción de un polo alternativo que abra una esperanza en el país” (El Caribe, 30 de abril de 2015). Ese mismo día, Manuel Salazar afirmaba que “la escogencia de una candidatura en los términos en que lo hizo el PRM, debe contribuir al desarrollo de una efectiva oposición al gobierno, de discurso con propuestas de cambio que satisfagan los reclamos de las mayorías, y de calles y plazas públicas” (elgrillo.do, 30 de abril de 2015).

Lo que traslucen estas declaraciones es la guerra intestina que se libra en la oposición entre quienes afirman que se debe crear un polo alternativo a los partidos tradicionales (PRD, PLD, PRSC y PRM) y aquellos que entienden que todas las fuerzas de oposición –desde la izquierda hasta la derecha- deben unirse, como en su momento lo propuso Miguel Vargas, en su rechazado “bloque de la esperanza”, que no le dejó otro camino -en decisión totalmente acertada- de aceptar la propuesta del presidente Medina de un Gobierno Compartido de Unidad Nacional.

No hay espacio ahora para analizar las perspectivas de éxito electoral de un único o varios bloques opositores, las cuales, de entrada, considero mínimas frente a los chances del súper mayoritario bloque de unidad nacional propuesto por Medina y aceptado por Vargas. Quisiera mejor recordar lo que decía Slavoj Zizek: “Estoy harto de esa izquierda marginal que no solo sabe que nunca llegará al poder, sino que secretamente ni siquiera lo desea”. Esa izquierda que, en su momento, Juan Isidro Jimenez Grullón calificó de “nuestra falsa izquierda”. Una izquierda que, a pesar de haber aportado gran parte de las mujeres y hombres que dieron su vida por la libertad en la lucha contra Trujillo, los norteamericanos (1965) y Balaguer (1966-1978), hoy no se ruboriza de apoyar el discurso autoritario del ultranacionalismo racista y xenófobo; que sostiene el discurso y la práctica de la “mano dura” a pesar de haber sido víctima del populismo penal de las guerras sucias contra la oposición en tiempos de Trujillo y de Balaguer; que, en su obsesión casi demencial por la lucha “contra la impunidad y la corrupción del sistema tradicional de partidos”, es capaz de sacrificar todas las garantías constitucionales y legales; que no dijo esta boca es mía cuando el Tribunal Constitucional dictó la Sentencia 168/13 y cuando, mediante Sentencia 256/14, intentó sustraernos de la competencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos que condenó al Estado dominicano por la desaparición forzosa del catedrático universitario Narciso González (Narcisazo); que no ha apoyado la causa de las mujeres que luchan contra la criminalización de la interrupción voluntaria del embarazo; y que, siendo coherente con el “machismo leninismo” de Marx y Engels, para quienes la regla era “exterminad a los homosexuales y el fascismo desaparecerá”, ni siquiera tiene en cuenta la agenda de reivindicaciones del dinámico y valiente movimiento LGBT dominicano. Es la activa presencia de esta izquierda antiliberal y autoritaria la que explica por qué durante mucho tiempo no hemos sido un Estado de Derecho sino más bien un Estado de Derecha.

Pero, hay que decirlo, no todo es culpa de esta izquierda. En realidad, en República Dominicana, no contamos con una sociedad que, para usar de nuevo las palabras de Zizek, “haya integrado en su sustancia ética los grandes axiomas modernos de la libertad, la igualdad, los derechos democráticos, el deber de la sociedad de proveer educación y salud básica a todos sus miembros” y que, en consecuencia, haya vuelto al racismo o al sexismo “simplemente inaceptables y ridículos”, al extremo de que no haya necesidad de argumentar, por ejemplo, contra el racismo, ya que si alguien lo promueve abiertamente sería “inmediatamente percibido como un excéntrico que no puede ser tomado seriamente”. Todo lo contrario: ser racista, homofóbico o sexista, es totalmente normal para muchos dominicanos. Así, por ejemplo, en los medios de comunicación y en las redes sociales es usual referirse despectivamente a los afroamericanos -que constituyen el 85% de la población dominicana- y a los homosexuales.

Aquí el racismo, el sexismo y la homofobia no se despliegan de modo velado como en otras sociedades. Muchos dominicanos asumimos una serie de prejuicios como algo absolutamente normalizado, que practicamos sin tapujos y que admitimos incluso de modo público al más alto nivel. Por eso, los dominicanos publicamos obscenamente y sin rubor lo que es tabú en cualquier sociedad civilizada y decente, sin estar conscientes de que, con ese comportamiento, perdemos una parte esencial de nuestra identidad colectiva y de nuestra dignidad. El gran problema dominicano es, por tanto, nuestra falsa conciencia, que nos impide percibir nuestros prejuicios en toda su descarnada realidad, como bien señalan Andres L. Mateo y Negro Veras en relación al racismo.

Por eso, hay que apoyar la valiente y firme decisión del presidente Danilo Medina al adoptar soluciones humanas y justas para la cuestión migratoria, al propiciar la despenalización del aborto, y al rechazar el discurso que nos aislaría de la comunidad interamericana e internacional. Se prueba una vez más que, como afirma Zizek, es alguien de la supuesta derecha el que termina haciendo realidad los objetivos de una verdadera izquierda.

 

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