Efeméride Literaria Dominicana: Nace el prócer José Núñez de Cáceres

EL PROCER JOSÉ NÚÑEZ DE CÁCERESPor: Miguel Collado

¿En algún país de este planeta Tierra existirá un Ministerio de Cultura que se preocupe por llevar un registro de las efemérides relevantes referidas a los natalicios y fallecimientos de las figuras ilustres de la nación en el ámbito de la cultura? Supongo que sí; pero estamos seguros de que ese país no es República Dominicana.

 Y es que reconocemos el trascendente valor didáctico de toda efeméride, dada su gran utilidad para la enseñanza de la historia cultural de un país.

 ¿Cuántos jóvenes dominicanos sabrán, por ejemplo, que el 14 de marzo de 1772 nació el prócer y fabulista dominicano José Núñez de Cáceres? A ese natalicio nos referimos en este artículo, escrito a partir de una conferencia que en torno a tan singular personaje de nuestra cultura dictáramos en la La Romana hace algunos años bajo la coordinación del escritor y amigo Justiniano Estévez.

II

 JOSé NúñEZ DE CáCERES, UNO DE LOS PRIMEROS FABULISTAS DE LA AMERICA HISPANICA

 La fábula ―ese subgénero narrativo o apólogo, en verso o en prosa, en el que lo inanimado adquiere vida y lo animal es humanizado, y cuyo propósito es de tendencia moralizante― ha tenido, en la literatura dominicana y en la literatura universal, muy pocos cultores. José Núñez de Cáceres, el artífice de la primera independencia nacional dominicana, no tan sólo es uno de ellos, sino que merece ser reconocido como el primer fabulista dominicano, afirmación ya hecha, en 1946, por el insigne historiador Emilio Rodríguez Demorizi en su “Fábulas Dominicanas”1, antología en la que incluye a otros fabulistas dominicanos: Felipe Dávila Fernández de Castro, Félix María del Monte, Nicolás Ureña de Mendoza, Juan Antonio Alix, Manuel de Jesús de Pella y Reynoso, José Dubeau y Bremón, Pablo Pumarol, José María Jiménez y Luis Emilio Garrido.

 De la trascendencia histórica de Núñez de Cáceres como político y como patriota se ha escrito mucho, a pesar de que aún no ha sido valorado en su justa dimensión, pero dejemos a un lado este enfoque de su vida para adentramos en el tema central de esta reflexión histórico-literaria: justipreciar su pionería literaria como fabulista, tanto en la literatura nacional como en la hispanoamericana.

 Los que conocen la historia del periodismo en República Dominicana saben que José Núñez de Cáceres fundó, el 15 de abril de 1821, el periódico “El Duende”, considerado el segundo órgano periodístico dominicano. De este semanario ―de carácter político y satírico, y que circulaba los domingos en la ciudad de Santo Domingo― vieron la luz pública trece números, desapareciendo el 15 de julio del citado año. A través de “El Duende” Núñez de Cáceres se dio a conocer como fabulista, pues en ese medio publicó nueve de sus fábulas, las cuales firmaba, precedidas por una numeración secuencial romana, con el humilde seudónimo de “El Fabulista Principiante”, como rindiendo honor a la sencillez oriental de los forjadores del género. A Rodríguez Demorizi debemos agradecerle el rescate de esos textos, reproducidos en su antología antes citada.

 Tenía Núñez de Cáceres plena conciencia del oficio de fabulista, lo que es comprobable leyendo el siguiente fragmento de la carta que él enviara, el domingo 3 de junio de 1821, al editor de “El Duende”:

 

“Ni otra cosa en las fábulas se busca,

Que corregir los vicios de los hombres,

Y que el sutil ingenio obras produzca.

Al cabo de veinte siglos vengo yo a repetir la misma protesta a precaución de cualquiera maligna inteligencia que se pretenda dar a mis apólogos, porque estoy en ánimo de no dejar el trato familiar de los animales, y de sacar a luz cuanto descubra en ellos pueda instruir o deleitar a mis compatriotas. Con algo se ha de divertir la mohina que a todos nos trae la falta de dinero: los héroes de mis juguetes son los irracionales, y no puedo figurarme que ningún racional tenga el mal gusto y peor elección de ponerse en el lugar del Escarabajo, del Mono, ni de las Langostas. Con que bajo la indicada protesta, manos a la obra y sigan las fábulas”.

 La protesta a la que hace alusión Núñez de Cáceres cuando dice “vengo yo a repetir la misma protesta” es aquella elevada por Fedro (Siglo I a. de C.) cuando, en época del empe-rador Tiberio, fue víctima de las falsas acusaciones que, roído por la envidia, le hiciera Seyano, por lo que fue encarcelado y luego desterrado. Seyano era el favorito de Tiberio y tenía mucha influencia en el imperio romano. Nuestro fabulista se refiere a ese hecho de este modo:

 “/?..] porque hablando antes con el Elefante, que es el archivero de los anales animales-cos, me enseñó un antiguo registro en que consta el ruidoso caramillo que le armaron del marrajote de Fedro por haberse metido en la misma danza de andar contando y refiriendo cuanto atisbaba que hacían y decían los animales allá en sus guaridas; y como el Sr. cuentista vivía en la corte de Tiberio, (¡ay que no es nada!) comenzaron a zurrarle la badana, achacándole que bajo la piel del Oso, del Lobo, del Tigre y otros graciosos animalitos, dizque sacaba a bailar al valido Seyano, al perfumado Narciso y hasta al mismo Emperador”.2

 El celebrado fabulista latino, autor de las muy conocidas Fábulas esópicas, relata lo sucedido en la quinta fábula del segundo libro de su colección, no en el prólogo, como señala el fabulista dominicano. El título de la fábula es “Tiberio y el esclavo oficioso”, la cual transcribimos a continuación:

 “Existe en Roma una raza de entrometidos que van y vienen agitados pero ociosos, sofocándose sin motivo, creyendo hacer mucha sin hacer nada, molestos a si mismos y a los demás insoportables. Intento corregirlos si puedo con esta fábula verdadera. Vale la pena prestar atención.

 “Tiberio César, camino de Nápoles, detúvose en su finca de Misero, edificada por el pro-pio Lúculo en la cima de una montaña que mira al mar de Sicilia y domina el mar de Tos-cana. Uno de los esclavos del atrio, con las ropas levantadas, pues su propia túnica estaba recogida bajo los hombros con una cinta de tela de Pelusio; colgantes sus franjas plisadas, al tiempo que su señor se paseaba entre los frondosos macizos púsose a regar el suelo ardiente con una regadera de madera, haciendo gala de su celo, pero sólo le valió unas burlas.

“Luego, tomando por rodeos de él conocidos, se adelanta a otro paseo y aplaca también el polvo. César reconoce al hambre y adivina su pensamiento: el esclavo se había creído que algo alcanzaría.

 “—Ven —dice el emperador, y aquél acude veloz, lleno de alegría ante la esperanza de una recompensa segura. Y entonces la gran majestad de este príncipe se burló así:

 —No has conseguido gran cosa; tu afán ha resultado vano. ¡Mucha más caras vendo yo mis bofetadas!”

 Como Esopo (c. 620-580 a. de C.), Fedro fue esclavo y, como tal, sufrió los rigores de esa vida azarosa que en la sensibilidad de un artista deja huellas dolorosas. Quizá por eso es notoria una gran amargura —y tal vez frialdad― en las fábulas fedronianas, en las cuales bebió, con justificada admiración, el talentoso intelectual dominicano.

 Fue Núñez de Cáceres un escritor muy culto y actualizado. él conoció a todos los fabulistas clásicos (Esopo, Fedro, Jean de La Fontaine, Félix María Samaniego y Tomás de Iriarte) y, de manera consciente, se dejó influenciar por ellos, especialmente en el uso de los personajes irracionales (animales): águila, Abeja, Burro, Cigüeña, Conejo, Cordero, Came-llo, Lechuza, Lobo, Mulo/a, Palomo/a y Raposa/o. Como personaje racional, es común a todos el Pastor. De los diecinueve personajes que actúan en las once fábulas del fabulista criollo analizadas por nosotros, trece los encontramos en Iriarte, doce en Esopo y en La Fontaine, nueve en Fedro y ocho en Samaniego. Curiosamente, la Acémila —cruce de caballo y burra― y el Abejarrón aparecen en dos de las fábulas de Núñez de Cáceres, pero no así en ninguna de las escritas por los fabulistas clásicos mencionados.

 El reputado crítico e historiador literario Enrique Anderson Imbert, en su “Historia de la literatura hispanoamericana”3, cita a José Núñez de Cáceres entre los primeros autores de fábula de la América Hispánica, junto al argentino Domingo de Azcuénaga (1758-1821), al guatemalteco Matías de Córdova (1768-1828) y al ecuatoriano Rafael García Goyena (1766-1823). 0 sea, que Núñez de Cáceres merece, también, ser considerado uno de los pioneros en la literatura fabulística del Nuevo Mundo, por lo que no es posible escribir la historia de la fábula en Hispanoamérica obviando su nombre, lo cual constituye un verdadero prestigio para las letras dominicanas.

 

Con respecto a las características iniciales de la fábula escrita en Latinoamérica, nos pa-rece interesante lo señalado por Anderson Imbert: “La fábula —antiguo género moralizador y práctico- se transformó en el siglo XVIII en discusión ideológica. Los animales hablaban como filósofos, en la manera de los españoles Iriarte y Samaniego. En Hispanoamérica imitaron el género, no la filosofía”. Esto explica el que Núñez de Cáceres — en una época en la que el movimiento de emancipación colonialista se había expandido por toda América Latina, incluyendo a Santo Domingo- utilizara sus fábulas no con propósitos filosóficos, sino para satirizar los males que aquejaban a la sociedad dominicana de entonces, colocándole a cada una de ellas un epígrafe con el que sintetizaba su intención ejemplificadora:

 

El conejo, los corderos y el pastor

 

“Contra los que obtienen puestos elevados y visten grandes uniformes sin las calidades necesarias”:

Variemos hay de registro,
y hablemos sin consonantes,
porque un ridículo cuento
en jácara es bien se cante.

 

Sepan todos que el Conejo,
por si alguno lo ignorare,
símbolo es de cobardía
entre los irracionales.

Sin embargo, el Señor mío
dióse tal maña y tal arte,
que en las valerosas tropas
del León logró alistarse.

Púsose de punta en blanco
con chacó y alto plumaje,
bordaduras y galones,
largo y encorvado alfanje.

Orondo cual Pavo hinchado,
por lucir el personaje
salió al prado de bracete
con la Liebre su comadre.

Quiso la casualidad
que un Pastor aquella tarde
su manada de corderos
allí mismo apacentase.

Y al ver la extraña figura
se creyeron, sin examen,
que era un Lobo disfrazado,
y corren por todas partes.

Sobrecogido el Conejo
de aquel no esperado lance,
mete a huir de los corderos
como de galgos voraces.

Adiós, linda compañera,
adiós plumas, adiós sable!
quedáos en paz esta vez,
que lo que importa es salvarse.

El Pastor que al mismo tiempo
ve su ganado regarse,
viene tras del monifato
que no conoce en el traje.

Cógelo en la madriguera
casi al punto de colarse
y porque de entre las manos

la presa no se le escape.

Un golpe con el callado
le descarga en los hijares;
chilla entonces el Conejo
y le dice: “no me mates «.

Que si espanté tus corderos,
esta acción es inculpable,
confesándote que el miedo
galgos llegó a figurarme.

A esto el Pastor le replica:
ten vergüenza, vil infame,
pues si galgos te parecen
unos mansos animales
:
¿ Qué no te parecerían
si vieras aproximarse
verdaderos enemigos
preparados al combate?

Y así para que tu miedo
en otra ocasión a nadie
perjudique como a mi:
muere ahora por cobarde.
Que el que abraza una carrera
sin tener las calidades
y virtudes que requiere,
pasa por estos ultrajes.

La araña y el aguíla

Contra el verdadero mérito y la buena opinión que con
él se gana, nada pueden las calumnias de la envidia”:

De este tiro acabóse su privanza,
cayó por tierra su soberbio imperio,
qué dulce es la esperanza
de salir de su yugo y cautiverio!
su júbilo y placer así explicaba
una Araño después de haber concluido
de sus débiles hilos un tejido
en que prender al Aguila intentaba

Su rencoroso enojo le nacía
de ver cuán alto vuelo
la reina de las aves emprendía
de su morada a la región del cielo;
que todo vil insecto
de lo bueno y grande es desafecto.
Viene el Aguila, observa el embarazo,
muestra una garra y desbarata el lazo.

Si el valimiento y la opinión estriban
en mérito y virtud sobresalientes,
de la envidia los tiros impotentes
su solidez afianzan, no derriban.

El Lobo y la Raposa

“Los malos nunca encuentran nada bueno en los hombres honrados, principalmente si sirven de estorbo en sus maldades”.

Con impaciencia el Lobo
por bosques y caminos
gritaba en altas voces:
¡No sé por qué motivo!

Dispensa el hombre afable
el perro su cariño!
Es glotón, es avaro,
adula con fastidio.

Y si bien se examina
su ponderado instinto,
no se hallará otra cosa
que un falaz artificio.

Si de la casa el amo
le recomienda el cuido,
échenle pan y carne
y no dará un ladrido.

Observa donde guardan
el bocado exquisito,
y ronda en su contorno
hasta lograr el tiro.

Es de la hipocresía
el retrato más vivo:
en lo exterior virtudes,
por dentro todo vicios.

Algunos animales
de los pocos advertidos
al fin se alucinaron
con estos y otros gritos.

La Raposa a este tiempo
se acerca de improviso,
la aguardan, la saludan
y le ponen en pico.

Las cosas que del Perro
al Lobo habían oído
y que todos estaban
prontos a su exterminio.

Entonces la Raposa
que en su olfato fino
husmeó donde estaba
el veneno escondido.

Después de alguna
pausa, y viéndonos tranquilos,
les habló con la sorna
que le es propia, y les dijo:

Aunque es prenda estimada
el candor, mis amigos,
su dosis de malicia
 con él hace buen mito.

El trato con los buenos
será franco y sencillo:
mas siempre de reserva

usad con los inicuos.

¿Por qué del Perro el Lobo
tanto mal os ha dicho?
Porque cebar quisiera
en la grey su apetito.

Y el Perro fiel a su amo
con celo siempre activo,
defiende de sus garras
los mansos corderitos.

Y pregunto yo ahora
por iguales principios:
¿Acá entre los mortales
no sucede lo mismo?

¡Oh, cuántos a los buenos
atribuyen delitos!
¿Y por qué? Porque estorban
sus malvados designios.


Al espíritu contestatario de Núñez de Cáceres —siempre dispuesto al enfrentamiento: basta recordar su polémica en Venezuela con Simón Bolívar― le iba bien el género de la fábula, pues, desde sus orígenes, este modo de expresión de procedencia oriental se nos ha presentado, además de didáctico y moralizante, como efectiva arma satírica. “Contra los que no ven la viga en su ojo, y sí la paja en el ajeno” va dirigida la fábula “El Camello y el Dromedario”, con la que él responde a críticas que le fueron adversas:

 

Si me das, divino Iriarte,
algo de la gracia y arte
con que en fábula pusiste
con que comúnmente oíste
 divulgado en un refrán,
a mí referir me oirán
de tu mismo númen lleno
la paja en el ojo ajeno
que sin caridad notamos
cuando nunca reparamos
la enorme viga en el nuestro:
atención que ya me adiestro.

De una larga caravana
con placer y buena gana
el Camello descansaba
y en recompensa aguardaba
su ración de paja y grano
que con abundante mano
el dueño le distribuía
después que el viaje rendía.

Este mismo propietario
mantenía un Dromedario
que en los casos de presteza
 por su extraña ligereza
solamente era empleado
y así y gordo y descansado
en vida canonical
era severo fiscal
de la falta más pequeña
porque la experiencia enseña
que siempre la ociosidad
fue origen de la maldad

Dejemos esto al caso.
Vino con ligero paso
el Dromedario triscón
y al ver la buena ración
que se apretaba el Camello
levantando el corvo cuello
le dice en tono burlesco:
¡oh, cuánto me compadezco
de tu suerte, camarada!,
pues recibes limitada
para un vientre la pitanza
cuando tienes otra panza
ni chica, sí, de buen tomo
encaramada en el lomo
la que razón no sería
que se quedare vacía:
y entaimando la joroba

triscaba con esta trova.

 Como contra toda ofensa
es natural la defensa
la suya con gran cachaza
así el Camello rechaza.

Sí, Señor, está muy bien.
Mas su espinazo también
carga encima dos corcovas
en que caben cuatro arrobas
de grano sin comprensión.
Iten más otro chichón

 delpecho en la delantera
que no es ninguna friolera,
 con que explicarme, en qué estribas
que teniendo yo una jiba
 paras la atención en ella.
¿Y tú tres? ¿No te hacen mella?

Aunque el Dromedario nada
dijo a tan fiera estocada
yo responderé por él,
que este es un retrato fiel
con sus pelos y señales
de lo que hacen los mortales:
una falta en el próximo, ¡qué fea!
Yen sí muchas y grandes no hay quien vea.

José Núñez de Cáceres, intelectual, periodista y político dueño de una personalidad singular, tuvo una destacadísima vida pública no tan sólo en su país, sino también en Venezuela y en México, donde, en 1848, dos años después de fallecido y mediante Decreto, su nombre fue grabado en letras de oro en el recinto del Congreso Local del Estado de Tamaulipas. En Santo Domingo vio la luz del mundo por primera vez el 14 de marzo de 1772 y el 12 de septiembre de 1846, en el gran país azteca que él tanto amó, cerró los ojos para siempre. Sus restos, traídos al país en 1943, reposan, desde 1972, en el lugar que él supo ganarse con hidalguía y decoro: el Panteón de la Patria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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1.     Ciudad Trujillo: Editora Montalvo, 1946.

2.     Carta citada.

3.     México: Fondo de Cultura Económica, 1974, tomo 1, págs. 183-184.

 

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