Madre con corazón de amor, temple de acero

No creo que nadie ostente el record de más pela que yo y, créanme, con toda honestidad, que  mi madre no le gustaba pegarme, pero cuando lo hacia, le fascinaba ponerle melodía y ritmo a los chancletazos, en brinquitos, como hablando en silabas.

Juan M.  ValdezPOR: JUAN M VALDEZ FRIAS

La gran mentira sería decir, que no fui un grave dolor de cabeza para mi madre, desde que me puse de pies, hasta que sobrepasé los años de adolescencia. En comparativa, me ganaba la fama en el vecindario  de ser la copia agrandada del silvestre y picante ají montesino: muy conocido en mi Republica Dominicana por su rico sabor, pero picante como el demonio.

Para mi suerte, no así para mi madre, nací en los tiempos  y lugar en que los psicólogos brillaban por su ausencia.  De lo contrario, la lista de condiciones o síndromes infantiles, psicológicos o por malcriadeza, como por ejemplo: (imperativo, rebeldía, déficit de atención y, unos cuantos más descubiertos por el avance de la ciencia, todos me serian diagnosticados como indicadores de mi vórtice comportamiento.

No creo que nadie ostente el record de más pela que yo y, créanme, con toda honestidad, que  mi madre no le gustaba pegarme, pero cuando lo hacia, le fascinaba ponerle melodía y ritmo a los chancletazos, en brinquitos, como hablando en silabas y si el motivo era largo, pobre de mis nalgas. Si muchas me dieron, mayor es el número de las que me libré, gracias a los ajustes clasificatorios de faltas que mi madre tuvo que hacer, con eso de no hacer de mi vida un continuo castigo.

La gran verdad seria decir, que de no haber tenido la madre que tuve, cargada de paciencia y con la determinación de sacar de mí lo mejor , sin claudicar en disciplinarme, saliendo en mi búsqueda todos los días, en mis escapadas de juegos, a veces a kilómetros de casa, recuperarme y a la fuerza dejarme frente a la escuela, me abrazaba, me besarme, me pasarme sus manos encalladas por mi cabeza mientras me  aconsejaba, con la inteligencia del clarividente, en vigilancia continua de mis pasos, pendiente siempre a lo que llevara a casa, que no fuera ajeno y desarrollando en mí la importancia del trabajo, el respeto a los demás.

De no ser por todo esto, yo no sería hoy el hombre que soy y añoro mejor,  ni el padre responsable con mis hijas, ni mucho menos el profesional  en varias áreas, tengo mis fallas y muchas, por mi condición de humano, pero con la capacidad de reconocer mis deberes con la sociedad y el respeto a los demás.

GRACIAS MADRE, MIL GRACIAS.  Tú si fuiste una heroína, una valiente. Sé que fueron muchas tus lágrimas en silencio, se que lloraste por la desesperación, por el miedo de ver a tu nidal, como me llamabas, perdido en las calles.

GRACIAS MAMA por quererme tanto, por negarte a renunciar, por no cansarte, por nunca  decirme, por grandes que fueran mis quejas, que era un niño malo, me aguardan los recuerdos cuando me decía: “Tú serás el hombre quien me cuidaras en mi vejez, ya veras el niño bueno que serás. Sé que te vas aportar bien… Eres un poco travieso, pero estoy segura que cambiarás… Sé que cambiarás”.

 

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