Semana Santa y la pesada cruz

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Escrito por: Nelson Guzmán Diplán

Tradición cristiana reconocida en todo el occidente y entrando a la moda en la China e India,  podría  ser una semana tan regular como las demás, pero,  en la República Dominicana su connotación especial se magnifica, al ser punto coincidente entre  mito y realidad, donde las simbologías edifican escenarios  que marcan la diferencia.

El asno era el símbolo del antiguo Israel, un animal torpe que solo sirve para cargar, sea montado o dirigido, en la pascua judía el rey entraba a la ciudad en un pollino, que sería un burrito tierno, que todavía nadie lo hubiese cabalgado. Esa parafernalia llevaba alfombras, ramos de olivo y pencas de palmeras, todas señales de victoria. Si traducimos esto a la actualidad, la llegada del rey y sus adláteres juntos al Jet Set, sería sobre la alfombra roja de los premios  Grammys o del Casandra a la dominicana y en un ferrari.

Así se iniciaba el Domingo de Ramos y de paso la Semana Santa de la hilvanación judeo- cristiana, cuya fecha imprecisa correspondería  a la primera luna llena del equinoccio de primavera que, por los próximos 25 años estaría entre el 16 de marzo y el 17 de abril así ha oscilado también en el recién pasado cuarto de siglo.

Los tiempos actuales han llevado a que la “Semana Mayor”, como también se le llama, a correr en dos vertientes, la reflexión  y la espiritualidad católico-cristiana, que determina el Papa, aprovechada por otras denominaciones, en un loable esfuerzo por rescatar valores religiosos que le son propios y, otra el bacanal absoluta y radicalmente pagano de la bebendurria y la comelona,  de cuyos resultados se abastecen holgadamente los cementerios y padecen de manera triste los hospitales y las ARS.

Si la Jerarquía de la iglesia implora por una semana en paz y tranquilidad, con pocos ruidos, de más meditación y devoción litúrgica, es porque admite que la francachela ha desvirtuado la más sacra de todas las tradiciones del cristianismo, la muerte y la resurrección de Cristo.

La lógica principal sería ofrecer sacrificios, hacer procesión, caminar descalzo, mientras otros más profesos hasta se lastiman físicamente con tal de acercase al Cristo crucificado a través del padecimiento del dolor.

Ese domingo, cuando se inicia todo entre alfombras, ramos de olivos y palmeras confirma las profecías sobre la llegada del mesías a Jerusalén, de ahí el lado humano de celebrar con ropas nuevas y bebidas estimulantes, parranda que poco a poco ha ido ganando la batalla a la Fe.

El desencadenamiento de sucesos muy complicados, casi imposible de ocurrir en una sola semana, que se ajustan místicamente, para dar sentido y valor espiritual a la inmolación. En una segmentación muy mía; el  lunes, Jesús entra en una guerra abierta con los mercaderes del templo de Jerusalén a los que expulsó a fuetazos limpio. El martes colapsa la armonía reinante en el séquito del Nazareno cuando se desvela la traición de Judas y el arresto de Jesús.

El miércoles un tribunal, el consejo supremo judicial religioso lo juzga y condena a muerte, el verdadero comienzo de la pascua. El paso espiritual de la esclavitud a la libertad, por medio de la expiación de nuestras faltas. El jueves, día de la muerte de Jesús. Luto y sacrificio marca el final de la cuaresma católica. El viernes el día más importante, la mayor solemnidad, tristeza absoluta, austeridad, dolor y sepultura. El sábado un día de recogimiento, meditación aunque ya al atardecer comienza la alegría que anticipa la resurrección y el vencimiento del pecado, triunfo del bien sobre el mal. El domingo luego de la resurrección, el encuentro con los apóstoles y la ascensión al cielo.

Esta es la razón por la que se cambió el día de descanso semanal israelita, al domingo, en versión romana, habiendo sido siempre el sábado, que significa reposo, y que judíos y algunas denominaciones cristianas aun lo mantienen, porque es el único día que tiene  nombre en la biblia.

Después de todo, el siete es el número más simbólico, estos siete días son buenos para meditar, para penitencia, para servir a Dios a través de sus hijos, que somos todos. Amar a Dios es amar al prójimo.

Desde el otro polo, los que no van a la iglesia, que parrandeen, se intoxiquen, se accidenten, mueran. Penoso espectáculo.  A siete semanas de las elecciones fiesta de la democracia, sería el mejor momento, para reflexionar en manos de quienes quedará nuestra vapuleada nación. Este pueblo agota la etapa de ser el cirineo de nuestros dirigentes y se resiste cada vez más de ser su burro de carga.