El nacionalismo no sirve

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“Religious extremists, ultranationalists, ethnic liberationists, and fascist fall on the fundamentalist side of the line. Brooking no tolerance of those who disagree, they invoke a Golden past and a higher power, both of which demand submission to authority.”

–Howard Bloom, The Global Brain.

“Lo difícil lo hago ahora, lo imposible me toma un poquito más de tiempo”

–Cantinflas

POR 

Fuente: 80grados.net

Los árabes alguna vez dominaron el mundo. Bueno, al menos el mundo que no contaba con América, el sur de África, Australia, Asia, ni con los continentes de hielo. Hicieron grandes palacios, bibliotecas, inventaron lo más parecido al aire acondicionado, hacían “sharbat” de pétalos de rosas, y tenían sistemas de educación que perpetuaron las tradiciones de los griegos y romanos, los mismos que hoy llamamos nuestros ancestros.

Conectaron China con Europa, trajeron limones y la pólvora, y hoy contamos con números arábicos porque ellos institucionalizaron con sus comercios los conteos. Tampoco es casualidad que tengamos tantas palabras de origen árabe en el español. Sin embargo, fueron derrotados, y terminaron expulsados de las tierras que conquistaron sus padres.

Dentro del contexto de una necesidad expansiva de un sistema fundado en la guerra y la conquista, salen los “antepasados” de los hoy llamados españoles, bajo la bandera de un reinado católico a finales del siglo 15 a conquistar. Se habían convertido en algo distinto a los árabes al expulsarlos, pero no eran romanos, griegos, ni españoles. Y si había algo que los caracterizaba a todos era que se llamaban católicos. Más bien sería como si hoy, saliera un grupo de colonizadores a la Luna, auspiciado por la Apple.

El sistema monárquico, basado en el pillaje y las guerras, permitía coleccionar súbditos, técnicas de expulsión, y métodos de acumulación de las riquezas de esos días: especias, oro, tierras, esclavos, etc. El valor hizo posible la acumulación, y la acumulación obliga a todos a participar en el juego de la economía de las diferencias (N. Canclini).

Así, llega una civilización montada en la lucha terrorista, a doblegar y reclamar tierras a una región geográfica distinta. De esa tradición podríamos adueñarnos, y llamarnos Nación desde el momento en que los católicos establecieron su hegemonía en el “Caribe”. Igual podríamos decir que la línea en el tiempo se remonta hasta aquellos primeros seres que ocuparon el hoy Puerto Ferro en Vieques, más de 4,000 años atrás. Pero ambas alternativas serían ridículas, ¿no? Al parecer no tanto, pues miles de puertorriqueños piensan eso, o casi lo mismo.

Podríamos definirnos como una forma manipulada y alterada de cualquiera de las tradiciones “culturales” asociadas con “nuestro pasado”. Podríamos llamarnos Arahuacos, y decir que lo que somos empezó en Los Andes con la Pachamama, como sugeriría la formación de colonias agro-alfareras a lo largo de las Antillas y que bien explica Luis Chanlatte, o podemos decirnos arcaicos y haber llegado antes. Podríamos ser africanos y llamarle patria al origen sin humanos del Gondwana. Podríamos decir como aquellos intelectuales costumbristas, modernistas, populistas y nacionalistas de los 1950, que somos esa mezcla histórica de razas, y por lo tanto culturas, genes y glorias. Y hasta podríamos bajo las mismas premisas llamarnos estadounidenses. Pero todo apunta a que no funciona así.

Me explico. El Poder crea las identidades cuando se describe a sí mismo, y por lo tanto, crea al Otro por negación. Los individuos que no caben en la identidad del Poder, se pueden esclavizar y explotar para el beneficio de los que sí pertenecen. Esa ilusión del privilegio que otorga la identidad nacional, completa un proceso que se inició con la idea de dios y el “pueblo escogido”. Los “escogidos” son los protagonistas de los libros sagrados que conocemos, y hoy se identifican los judíos, los musulmanes y los cristianos como naciones, a partir de esa idea religiosa que supuestamente los “une”.

Por lo mismo, podemos encontrar que un puertorriqueño marginado por la cultura estadounidense a su vez repudie al dominicano inmigrante, caracterizándolo como “ilegal”  e “invasor”. El puertorriqueño comparte más pasado histórico con el dominicano que con el estadounidense; no obstante, lo dicho hasta aquí lo que establece es que lo determinante no tiene que ver con la historia antigua compartida entre personas, sino con nuestra posición en el “pecking order”. Asumimos la identidad dominante de la cultura estadounidense como propuesta de supervivencia aunque nos contradiga como latinos, hispanos, caribeños, antillanos y/o puertorriqueños, porque se nos impone a la fuerza, pero también porque como primates, copiamos la conducta de los poderosos, pensando que podría hacernos también a nosotros poderosos algún día.

Y entonces, el dominicano rechazado por el puertorriqueño a su vez condena al haitiano. El haitiano ya sin nadie bajo sí, muere en el abandono. Tomar la identidad de quienes nos controlan nos caracteriza como monos, pero creo que entender su origen nos libera del cielo, y nos acerca al remedio de la inestabilidad social, porque la religión en su momento nos arrancó tan fuertemente nuestro tronco de los orígenes naturales de la tierra, que todavía hoy muchas veces pensamos como seres ajenos a la naturaleza.

La Historia para mí ( y para Jared Diamond, Howard Bloom, y Richard Dawkins, entre otros grandes interpretes de la poesía biológica y la sicología evolutiva) se propone como una colección de información, que nos permite lidiar con esos elementos que se repiten en nuestra vida como organismo. La Historia es una reacción espontánea a las formas del ser social, es una consecuencia del contar y de los cuentos, es un método pedagógico, una medida de inteligencia, y construye e inventa conocimiento mientras pretende divulgarlo, y es así como el medio se hace su mensaje (Marshall Macluhan).

El cuento se hace Historia cuando lo cuenta un ganador como ya bien sabemos, pero también nos enseña a que se cuenta sólo lo que sea grandioso. Así que hacemos todo más grande cuando contamos, porque no vale la pena que contemos boberías. Nosotros como primates estamos obligados a hacer lazos entre los individuos de la especie a partir del contacto histórico, para poder sobrevivir. Esa red de ideas y personas (memes/genes R. Dawkins), en la forma en que se dé: sea con la familia, o sea con el trabajo colectivo, o con marchas, protestas o el internet, permiten la transmisión de información útil para la supervivencia.

Las victorias garantizan el éxito de un cuento. Claro, entiendo que la idea de la Historia tiene en sí un nacimiento, y que necesita del documento en muchas de sus definiciones, pero el objetivo siempre ha sido la explicación del cambio, y de cómo y por qué, pasamos de una cosa a otra. Confeccionamos reglas sobre la base de la experiencia, y compartimos la experiencia para satisfacer necesidades colectivas. Estudiamos lo que nos pasa, y con eso hacemos y asumimos reglas provisionales y generalizaciones que nos facilitarían la vida y su transmisión.

La Historia viene obligada a ser muchos cuentos, organizados en jerarquía de tiempo como las ramas de un árbol. Los árboles genealógicos, en donde remitimos siempre a un solo y único tronco que nunca alcanzaremos, ilustran esta idea. Las ramificaciones (en binomios de madre y padre), nos obliga a encontrar en el proceso de revertir las “causas y efectos”, un único principio. La mayoría de la gente se imagina el “Big Bang” (si tiene la suerte de saber qué es), como otro origen desde el cero (siendo el más común dios), y caracterizándolo así repiten el error de recrear el modelo intelectual que remite a la causa primera. El “Big Bang” se despacha como otro dios creador en esa interpretación llana del espacio. Pero sabemos que el “Big Bang” es sólo el inicio de la serie de condiciones de la materia que nos dieron la posibilidad de existir. Podríamos poner todo el principio igual en la aparición del primer primate, o del primer puertorriqueño y nos serviría igual como pretexto para el tiempo histórico del status quo.

Aún así, nos remitimos a un pasado simbólico, porque la forma de transmitir nuestra herencia, sugiere un origen singular. La idea de identidad (nación/cultura), sería entonces la búsqueda de algo único, basado en encontrar ese principio de todos los principios en el pasado, dentro de un mundo que a todas luces no tiene nada exclusivo. La idea de Nación así ya de partida, parece tan ajena a la ciencia que nos obliga a llamarla inmaterial.

No existe una identidad nacional-cultural capaz de diferenciarnos biológicamente de los otros, porque esa identidad tendría que basarse en alguna cualidad material heredada genéticamente, como para contradecir al colectivo que llamamos especie. Igual que muchos otros organismos competimos por recursos, y nuestros conjuntos de unidades simbólicas: cultura, nación, religión, permiten conseguir la supervivencia de la especie, o mejor dicho, lo permitieron. Hoy día las fronteras y dios, no consiguen otra cosa que defender la propiedad privada de trozos del planeta, debilitando a la humanidad como organismo por el acceso desigual a los recursos que dicta.

Ahora volviendo a la “historia de nuestros orígenes como pueblo”, se tiraron aquellos hombres blancos que hablaban casi latín, bajo el nombre de dios y por la tierra del amo, a defender una identidad de grupo con el fin de fortalecer un método de enriquecimiento por explotación. Se explotó la tierra, el agua, a los animales, y a los otros. La identidad Cristiana, con el poder en el monarca y la Iglesia, identificaba un germen de nación en aquello que llamamos nuestro pasado. Al mismo tiempo los árabes, mucho más avanzados (desde el punto de vista moderno) que los españoles, habían defendido una civilización de tolerancia, y tal vez, (opinan algunos) debido a su apertura fue que se pudo desarrollar una contra-identidad cristiana y belicosa, que los erradicó de la Europa del siglo 15.

El árabe moderno, nos dice Christopher Hitchens, entonces rememora sus tiempos de gloria y se reconstruye una identidad con su legado de poder perdido. Pero si el árabe era adelantado en el siglo 16, hoy día al reconstruirse y definirse desde aquel éxito antiguo, convierte la causa de defender su identidad (no la lucha por libertad, que conste) en un gesto retrógrado. La identidad nacional-religiosa del árabe-musulmán, así como del cristiano-hispano está sentada sobre la nación en sus términos más primitivos, pues se identifican con la religión de sus libros santos. Hoy, tanto los americanos, los judíos, así como los árabes, entre otros, al convocar su cultura y su nación, siempre hablan de dios.

La nación nace como consecuencia de una identidad religiosa, y en cada caso se remite a un libro primitivo de leyes y personas que vivieron miles de años atrás. Los documentos Constitucionales, en nuestra analogía se convierten entonces en otra forma de biblia: en un libro santo que funda naciones.

La nación para existir tiene que tener genealogía y “valor de uso cultural”, y se construyen de igual forma tanto el musulmán como el cristiano o el judío, entre los otros miles de mitos religiosos, un edificio fundado sobre las arenas movedizas de sus dioses. La religión en su momento nos arrancó tan fuertemente con su ideología del resto de los animales, que todavía hoy muchas veces hasta la ciencia tiene vitales raíces suyas al aire.

La existencia de muchos dioses y muchas naciones sólo prueban que para sobrevivir necesitamos de los otros. Así que no tendría sentido contar con solo algunos pocos por insistir en diferencias culturales, de dioses, y fronteras, cuando podríamos contar con el mundo entero.