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Mis vecinos Boricuas

Mis recuerdos del barrio son un reflejo absoluto del dicho que reza: “El vecino es tu familiar más cercano”.   Cada Semana Santa, por ejemplo, era una degustación de “Habichuelas con dulce” (postre típico dominicano que se prepara y consume en la Semana Mayor. A los extranjeros que lo prueban, suele darles diarrea, vómito y alucinaciones). Cada vecino llevándote una porción, preparada a su estilo y gusto. ¡Cómo lo extraño!

Por Cristina Marrero

Las fotos de mis cumpleaños están llenas de vecinitas que fueron (y son) buenas amigas. Incluso, hoy día, ocupan un lugar especial en ese espacio espiritual, íntimo e importante en la existencia en todo ser humano íntegro y completo: El Facebook.

En Puerto Rico no me ha ido tan bien en ese departamento. Y antes de que se alarmen los seguidores del blog que viven en la puerta de al frente y en la de al lado, aclaro que el único culpable de tan pobre experiencia, es mi marido.

Me explico: Vivo en un complejo de apartamentos y en varios de los bloques que lo conforman Raúl tuvo una novia, una relación pasajera, un agarre, un besito, un enchule… ALGO… Razones de dos patas y faldas que me obligan a tomar aire y fingir indiferencia.

Es evidente que mi esposo es un hombre “cómodo” que no le gusta salir lejos a buscar pareja. Yo fui un caso aparte, la bola de mangú en un menú de mofongos.  Y aún así, a veces me pregunto si fui pedida por internet en una página de nombre meloso y sugerente. Algo como: mamitasdominicanas.com.

Por otro lado, el caballero tenía una especial predilección por las mujeres maduras, y como él no lee mi blog me atrevo a decir que cuando pienso en esos años, lo imagino como un “gigoló”. Menciono ese detalle no como una forma de burla o rechazo.

Es sólo una cita objetiva para poder explicar que a veces algunas de esas damas se obsesionan y su manera de manejar la relación- o la separación-, no es la más saludable. Es eso o le gustaban las locas.

Una de ellas la veo con bastante frecuencia. Nos ignora por completo, pero por desgracia nuestra perrita no. Le encanta caerle atrás a la mujer y moverle el rabito. Yo sufro tanto viendo a mi “hija” tratando de llamar la atención de la que pudo haber sido su madre y ella zapateándola para que se vaya. ¡Qué hostil!

Recuerdo como hoy la primera vez que lo hizo. Ella no conocía a la perrita, y  yo venía detrás de Mía, que corría como si estuviera en celo y Brad Pitt esperándola. La señora le pregunta a la persona con la que conversaba:

-¿Y esa perrita?

Y yo que grito a toda boca: MÍAAAAAA!

Ese fue el primer mal entendido. ¡Mi perra se llama Mía! Y supongo que creyó que le gritaba a ella, contestando su pregunta sobre el animal.

Otro día, la misma ex, estaciona su carro al frente de nuestro apartamento y pone la canción de Laura Pausini que canta con Andrea Bocelli (Vive ya). Yo estaba en el cuarto, cuya ventana colinda con el estacionamiento. Llegan a mis oídos las notas y empiezo a cantar:

-“Viveee yaaa, buscando el amor verdadero. Vive yaaa, sabes muy bien lo que te estoy diciendooo”. Etc.

Y Raúl que entra con cara de idiota y me dice: “Eso es FULANA cantando”. Y yo le contesto: “Ah pues ME estará dando una serenata”. ¿Qué puedo hacer? ¡Ella es libre de gritar dentro de su carro! El problema es nuestro, si asumimos que nos está enviando un mensaje musicalizado.

Luego tengo a mi vecina de al lado, una señora mayor, algo buena, algo dulce, algo OLVIDADIZA… que hizo amistad con otra vecina –“ex algo” de Raúl-. Un día estoy en la cocina y escucho a la señora llamar: LUCIAAAA! (Nombre ficticio de la ex). La escucho en la puerta de mi casa, pero como yo no me llamo Lucía… Se repite el llamado tres veces, hasta que se produce un silencio y luego:

-¡Ay! ¡oops! CRISTINAAAAAA!!

Ahí, por supuesto, le abro la puerta a la avergonzada vecina.

Hay otra ex que me mi brinca y me salta, casi me carga cuando me ve. ¿Qué puedo hacer? ¡La abrazo y la beso! … Y claro, pienso en Judas Iscariote. Ni modo.

Otra, hace un tiempo, iba subiendo la compra del supermercado y como si se tratara del comienzo de una película porno, Raulito se ofrece a ayudarla (me consta que Raúl se siente fuerte y poderoso, y no puede ver ninguna dama en necesidad… de ayuda). Y es tan inocente que llega a mi casa ¡con el gato de la mujer en la mano!, para enseñármelo; porque cuando subió al apartamento pensó en mi y en lo mucho que me gustaría cargar la mascotica de su ex. Si dudan de la veracidad del hecho, los reto a preguntarle.

¡Ah! ¡Se me queda la mejor! Una que vivió con Él, PERO NO FUERON NADA. Nada más una amiga que se fue (o la fueron) de su casa. Ha de haber sido una santa incomprendida para que le pusieran sus patitas en la calle.  A esa la veo y también nos ignora por completo. ¡Qué mal agradecida! ¡Después del favorcito y el alojamiento! También la llevó a casa de su mamá, durmieron en la misma habitación, PERO NO PASÓ NADA. Por eso doy gracias a Dios, porque me casé con la reencarnación de San Francisco de Asís.

Pero no todo es tan malo. Mi vecino Carlos prepara el mejor arroz griego del mundo y siempre se acuerda de sacar mi platito aparte. También Omar, que te ve en la piscina y te lleva una cerveza clandestina. O todo el que hace un cumpleaños y aunque no nos invitan, nos traen bizcocho. En realidad, aquí hay buen material para una convivencia linda y memorable. Ahora que lo pienso mejor, esta entrada no debió llamarse “Mis vecinos… ¡Boricuas!”. Debió llamarse: “Mi esposo intachable… ¡Boricua!”.

*La autora es periodista.

Puedes seguirla en su blog personal: http://elcanaldelosmonos.blogspot.com

URL: http://diasporadominicana.com/?p=6386

Escrito por en Dic 23 2011. Archivado bajo Multimedia, Opinión. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por el RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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