Una visita al Consulado en PR: “Échese la pollina pa’ atrás, quítese los aretes y el brillito de la boca

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En la oficina que me tomaron las huellas biométricas, me preguntaron que si yo hablaba húngaro.  – “Mándame al diablo, a ver si eh´ verdad que tú habla´ húngaro”, me dijeron.

Por Cristina Marrero

Hace días fui a renovar mi pasaporte.  Llegué al Consulado dominicano con los documentos de ley y esperé mi turno como corresponde.  En esa espera no pude evitar escuchar conversaciones ajenas, mirar ciertos rostros -con el rabillo del ojo- y sentirme como en el “Huacalito”, diez años atrás. ¡Todos! (a excepción de mi esposo) éramos dominicanos… Siendo nosotros.  Poco a poco me fui relajando, hasta sentirme como en casa.

Escucho una voz que dice:
– ¡Rubia, rubia!
 Viro la cabeza y veo una señora inclinada hacia el frente, que intenta decirme algo.
– Señora, yo no soy rubia. Le digo.
– “Pero, ¡miraste!”, fue su respuesta.
Y continúa:
 Cuando te tomaron los datos dijiste que eras periodista, dame tu número para llamarte después, que yo tengo que hablar una cosa, personalmente, contigo.
Personalmente…
Así comenzó todo. Había olvidado, por la falta de uso, mis destrezas para lidiar con… ¿?… ese don que tenemos nosotros de envolver al prójimo con nuestro talento lingüístico y calidez humana.  En serio, estaba fuera de práctica y pequé de inocente.
Me llaman para la foto y camino dejando una estela de murmullos.  Tal vez mi pelo les pareció demasiado rojo o mi cara muy pecosa.  Una evidencia del disfrute global que genera la charla inspirada en el prójimo.

En la foto…- “Échese la pollina para atrás (pienso en mi frente). Quítese los aretes, el brillito de la boca, no se ría y abotónese la chaqueta si no quiere que le preste la mía. Vire la cabeza un poco a la derecha”, dice el fotógrafo, que me dio su tarjeta y es un vice-cónsul.

–          “¿Es que tengo que salir fea?”, pregunto.

–           “No te apure’”, me responde. “Que tú ere’ bonita como quiera. Ahorita cuando termine’, pasa por aquí que te voy a hacer una foto bonita de verdá’ pa’que te la lleve de recuerdo”. (¿Recuerdo de qué? ¿De mi primer pasaporte renovado en Puerto Rico?). Ok, muchas gracias.

-“¡Un momento, no se vaya!”, me dice otro que no había visto. – “¿Ya usted se inscribió en el padrón para votar?” (voz autoritaria) – No, señor. Respondo con timidez. Y me da un discurso sobre mis derechos de ciudadana. Logra avergonzarme. Me pide todos mis datos y se los doy. Luego me pasa el papel para firmar, y descubro con inocencia (ignorancia, diría mi padre) que la hoja de registro está timbrada con el partido gobernante.  Interesante.

Me informa, además, que me estarán llamando para que “me organice”. Porque necesitan líderes en el pueblo de Caguas, donde yo vivo. (¿En serio?).  Así que, es un hecho. No había ni considerado votar por nadie y ya era líder de la división del partido de mi Municipio.

-“Pero, espere, que le voy a presentar a un compañero periodista igual que usted”. Encantada de conocerlo. “Ahora, venga, para que conozca al Cónsul”. (¡WOW!). No estoy siendo sarcástica  cuando digo que un dejo de emoción cruzó por mi cabeza. Fui a renovar un pasaporte ¡y voy a terminar charlando con el Cónsul! Es como ir a un concierto y terminar tomando un café con el artista. Me paso la mano por el pelo y asumo postura diplomática.

-“Señor Cónsul, permítame presentarle a una digna representación dominicana. La compañera (sí, compañera) es periodista”.

El Cónsul (muy cortés), habló poco y se puso a la orden. ¡Ah! Y me dio su tarjeta.

-“También le voy a presentar a esta muchacha que está aquí, para que la ayude a organizar un evento profondos. Es una carrera de 5 kilómetros”. La chica me agarra por el brazo y me hace la historia. No sé cómo terminamos hablando de que ella está casada, tiene un hijo de un anterior matrimonio y estudia enfermería pero trabaja en un bar nocturno.  Sinceramente, nunca supe a beneficio de quien era la carrera ni qué quieren que haga en mi misión voluntaria.

Estaba de lo más divertida, olvidando que mi marido estaba afuera, cuando me presentaron a esta señora bien agradable, que le caí en gracia porque “nosotras las dominicanas somos mujeres buenasmozas”. “Por eso, te voy a presentar a un “Malándro” que es como un hijo mío”. (¿Y por qué?). “A ese yo se lo recomiendo a quien sea”. (¿Y cómo para qué?).

En la oficina que me tomaron las huellas biométricas, me preguntaron que si yo hablaba húngaro. Sí, húngaro.  Presumí, equivocadamente, que se estaban burlando de mi y contesté, muy seria, que sí.

– “Mándame al diablo, a ver si eh´ verdad que tú habla´ húngaro”, me dijeron.

Y yo, los mandé al diablo en el húngaro que pude improvisar.

La sorpresa de su rostro fue como la de un niño en el Día de Reyes.  Llegaron cinco personas a tirarse el show. La pregunta obligada:

–¿Y cómo tu aprendiste húngaro?

– Bueno, en los veranos mis papás me llevaban a la Embajada húngara, a manera de campamento. Allí dan clases gratuitas, afirmóo.

“¡WOW!” Todos me rodeaban admirados, hasta que alguien dijo:

-“Oye lo que pasa, amiguita. Nosotros pedimos un equipo técnico que tiene las instrucciones en húngaro y nadie ha podido descifrarlo.  Corre, Fulano, búscate lo´papele´ para que ella nos explique qué lo qué”.

O sea, era en serio. Necesitaban alguien que hablara húngaro y yo me estaba burlando de su necesidad.

La risa me delató. Hasta ahí llegó el amor de mis compatriotas por mí. Me escabullí, rápidamente, dejando atrás mi número de teléfono, mi compromiso de votar y el de ejecutar un trabajo voluntario a beneficio de no sé quién.

El lado bueno…

La otra cara de la moneda, más allá de mi breve y graciosa experiencia, radica en las funciones que ejecuta esta importante oficina para los residentes dominicanos en Puerto Rico.

No importa su situación legal. Fui orientada, sin preguntar, sobre todos los beneficios que puedo recibir, si los necesitara, como orientación legal gratuita. Incluso, cuentan con médicos libres de costo para emitir certificados de salud. Escuché historias reales de mujeres dominicanas maltratadas por sus esposos puertorriqueños, que vivieron por años con el temor de ser delatadas y deportadas, bajo la amenaza de sus compañeros. Algunas, víctimas de toda clase de abusos, hasta que conocieron que tienen unos derechos que van más allá de su estatus legal. Dado que, a lo único que no tenemos derecho, es a ser maltratadas.

Esos dominicanos que me hicieron reír, tienen funciones importantes que están ejecutando a cabalidad. Tienen, muchos, muchísimos testimonios con finales felices. Ellos te dan la mano hasta las últimas consecuencias.

Lo mismo, van contigo al Tribunal que a República Dominicana a llevarte los hijos que Inmigración dejó, temporalmente, sin padres. Incluso, toman acción si te sientes discriminado o discriminada por alguien o alguna institución pública o privada.

Yo vi las pruebas. Decenas de tarjetas de Navidad escritas a mano por dominicanas agradecidas. Así es el Consulado dominicano. Mi terruño en Puerto Rico.

*La autora es periodista. Puedes seguirla en su blog  http://elcanaldelosmonos.blogspot.com/2011/10/consu-lado-bueno.html